ACTIVIDAD METALINGÜÍSTICA Y REFLEXIÓN GRAMATICAL. Carmen Rodríguez Gonzalo

iStock_000017096425XSmall_Francesco-SantaluciaCrédito de la imagen

Es una evidencia que cualquier hablante puede utilizar su lengua sin conocimientos gramaticales explícitos. Sin embargo, en el comportamiento lingüístico hay muchas manifestaciones que nos hacen pensar en un cierto control, no consciente, que remite a un determinado conocimiento implícito: cuando un hablante elige una palabra en lugar de otra, cuando reformula lo que acaba de decir para que sea ​​más claro, cuando se da cuenta de una expresión mal dicha y rectifica… Estos conocimientos, inherentes a la capacidad de usar la lengua, forman parte de la llamada gramática implícita y están en la base de la competencia lingüística de los hablantes.

Pero, además, los hablantes tienen la capacidad de pensar y hablar sobre la lengua, contemplada como objeto. Como decía Émile Benveniste (1966), la facultad metalingüística es la posibilidad que tenemos los humanos de elevarnos por encima de la lengua y de contemplarla, al tiempo que la utilizamos en la comunicación. Esta facultad metalingüística encuentra en la escritura un espacio privilegiado porque es el dominio de la elección y el control voluntario del emisor. Desde el momento en que aprendemos a escribir nos acostumbramos a hablar de letras y de sonidos, de palabras de diferentes tipos (verbos, nombres, adjetivos…), a releer lo que hemos escrito para comprobar si lo hemos redactado bien… , y poco a poco vamos construyendo un cuerpo de conocimientos que nos ayuda a entender mejor la lengua, las lenguas que utilizamos. Una parte de esta actividad metalingüística constituye la gramática explícita, que, en sentido amplio, incluye los conocimientos sobre la lengua que somos capaces de verbalizar.

Se puede decir que el conocimiento de la lengua que manifiestan los hablantes forma parte de la conciencia del ser humano en tanto que hablante y que comprende desde las manipulaciones inherentes al uso lingüístico en sus distintos grados de elaboración (de lo espontáneo a lo formal) hasta el conocimiento formulado mediante un metalenguaje y que llamamos propiamente gramatical. Este continuum puede compararse con la continuidad entre la percepción y la representación en las ciencias de la naturaleza, dice Sylvain Auroux al hablar del nacimiento de los metalenguajes, en el primer tomo de su Histoire des idées linguistiques.

En el comportamiento de un hablante en una sociedad alfabetizada se puede observar la relación entre los conocimientos implícitos (saber no consciente) y explícitos (saber consciente). Cuando se utiliza el lenguaje para hablar de cualquier aspecto de la realidad parece que el lenguaje es transparente, como un vehículo invisible de nuestro pensamiento. En estas situaciones decimos que el hablante realiza una actividad lingüística. Pero cuando se toma el mismo lenguaje como referente, como objeto de atención y de pensamiento, el lenguaje se convierte en opaco. En este sentido hablamos de actividad metalingüística, que surge de la misma actividad verbal, cuando las necesidades de comunicación nos obligan a tomar la lengua como objeto de consideración. La actividad metalingüística tiene múltiples y muy diversas manifestaciones: desde juegos de palabras como el crucigrama hasta las especulaciones de los lingüistas, las posibilidades de reflexionar y hablar sobre el lenguaje son muchas.

La actividad metalingüística se pone en marcha cuando se produce un reto cognitivo. El hablante debe resolver una situación o dar respuesta a alguna pregunta y para ello tiene que recurrir a sus conocimientos lingüísticos y metalingüísticos. Siguiendo la propuesta de Anna Camps (2000), podemos hablar de una actividad implícita, inherente al uso del lenguaje (epilingüística, según Culioli) y de diferentes tipos de actividad explícita (propiamente metalingüística): no verbalizable (por ejemplo, cuando un escritor revisa y reescribe un párrafo hasta que se encuentra satisfecho del resultado); verbalizable en lenguaje común, como cuando dos compañeros discuten sobre un problema de registro o de concordancia sin acudir a términos gramaticales propiamente dichos, y verbalizable en lenguaje específico, cuando usamos el metalenguaje gramatical para explicar un anacoluto sintáctico, para definir una clase de palabras, para hablar de la concordancia entre sujeto y verbo…

La variedad y la complejidad de la actividad metalingüística de los hablantes y de los conocimientos que incluye nos sitúa ante el problema propiamente didáctico: una enseñanza basada en la actividad del alumno debe tener en cuenta cómo este actúa sobre las lenguas que utiliza, bien cuando las manipula, bien cuando reflexiona sobre ellas, y debe establecer puentes entre la utilización espontánea y los usos elaborados que se propician en el entorno escolar. Para establecer estos puentes, los conocimientos gramaticales y el metalenguaje en que se expresan nos resultan necesarios: nos permiten hablar sobre las lenguas y sobre cómo las usamos. De cuáles hayan de ser estos conocimientos y de cómo los utilizamos en el aula se ocupan los diversos acercamientos a la gramática pedagógica.

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